miércoles, 14 de septiembre de 2011
LA ESTRELLA QUE SE CONVIRTIÓ EN MUJER
LA ESTRELLA QUE SE CONVIRTIÓ EN MUJER
¡Cling! De pronto se vio caída en una esquina desconocida, semisentada, con las piernas torcidas y un pie a medio calzar. Quiso recordar quién era, de dónde venía, pero no sabía ni su nombre.
Se levantó. Para cubrir sus muslos tironeó de su vestido, pero era demasiado estrecho y corto. Ya en pie se equilibró sobre sus tacones, demasiado altos para conservar la bípeda estación. Abrió los brazos, sus delicados y largos brazos, hasta que dejó de bambalear, se subió el tirante del hombro izquierdo, movió la cabeza dos, tres veces como para despejarse y luego abrió los ojos sin mesura, se mordió los labios frunciendo el seño y se puso a caminar. Estaba amaneciendo.
A poco andar se dio cuenta de que se hallaba en un puerto. Sabía reconocerlos aunque nunca había estado en uno, los había visto de lejos, de muy lejos. Sabía que allí las penas se curan ¡bah! Se engañan. Eso es: en los puertos, las penas se engañan. Se convenció cuando vio expulsar de los bares a los últimos marineros y en un callejón sin salida, reñir a dos travestis con una prostituta. Sintió caer las pesadas cortinas metálicas de las boites justo antes de que Venus se dejara ver en el horizonte. La noche llegaba a su fin, los pescadores regresaban de altamar con sus botes llenos de corvinas, merluzas y mariscos. Podía ser Valparaíso o Helsinki, quizás Oporto, en ese momento no importaba.
Caminó sin rumbo, estirando el cuello y balanceando los hombros para parecer natural. Es cierto que su andar no era recto. En realidad nunca su andar había sido recto, pero siempre fue gracioso. Recordó una canción y la tarareó bajito: se dice que soy fea que camino a lo malevo que soy chueca que me muevo con un aire compadrón. Las panaderías abrían sus puertas y se mezclaba en el aire, un cierto olor a pan y mariscos. Escuchó que alguien le dijo, en idioma inglés, un halago, pero eso no demostraba que estaba en Liverpool.
Entró a un café y pidió desayunar. La camarera le trajo un cortado y una medialuna, entonces supo donde estaba. Se sintió observada por un par de indiscretos varones de la mesa contigua y volvió a luchar con su estrecho vestido de lentejuelas que la hacía parecer como una mujerzuela. Quizás por eso “lentejuelas” y “mujerzuelas” rima tan bien, pensó. Cuando terminó su desayuno le llevaron la cuenta y no supo por qué metió la mano en su sostén. De ahí sacó la cantidad de dinero suficiente como para dejar hasta propina. Se levantó y salió a la calle.
Se encontró en una avenida amplia y gris ¿Como se llama…? No terminó la pregunta cuando una chica que llevaba prisa le respondió Dieciocho. Quedó sorprendida: ¿Dieciocho qué…? se dijo a sí misma y siguió caminando.
Desvió a la derecha por unas callecitas antiguas, donde transitaban viejos buses y deambulaban rostros sin expresión. Un niño pensaba “cuando yo sea grande…” Más allá un anciano se preocupaba “cuando me paguen la jubilación…” y un universitario “cuando yo me reciba…” Y ella los reconoció: “¡Son soñadores!” se dijo.
Sería mediodía cuando llegó a la orilla del mar y así como andaba, con la noche pintada en el rostro, se sentó a mirar el horizonte hasta que el sol se escondió. Entonces se develó en su memoria los mil cielos diagonales que surcara desde los tiempos eternos para hacerse admirar por los que sueñan. Y recordó que, cansada ya de montar su espectáculo nocturno, vino a estrellarse al fin en una humilde vereda, quedando con sus alas de cristal destrozadas, toda averiada, olvidando con el golpe lo que fuera: una fugaz estrella.
***
MARITZA BARRETO
domingo, 6 de febrero de 2011
INAUGURACION DEL BLOG
EL PARAGUA ABANDONADO
Cuento infantil, pero no tanto
de Maritza Barreto
EL PARAGUA
En un hermoso lugar llamado Ciudad Jardín, habitaba un anciano que fabricaba paraguas. Los hacía de formas y colores diferentes y no los entregaba al mundo sin antes darles una misión: “tú servirás de accesorio, tú cubrirás a un joven, tú adornaras un escaparate, tú…” ¡en fin! A cada uno lo uncía con un mandato, el que era recibido con orgullo por cada paragua. Quiso el fabricante que uno de sus paraguas fuese especial y así concibió a uno que resultó ser más grande y fuerte que los demás. Al terminar de hacerlo, el mismo fabricante se sorprendió de su obra y, como a todos, le otorgó su mandato, previo a entregarlo al mundo: “tú servirás a una gran familia”.
Hay que aclarar que la Ciudad Jardín está dividida de norte a sur por una arteria llamada Avenida Libertad, hacia un costado de ella se encuentra la parte Oriente, por donde nace el sol cada día; del otro lado, por donde el sol se esconde, se halla, lo que llaman el Poniente. Precisamente en este costado, vivía la familia Sharted, con la que nuestro paragua debería cumplir su misión, pues ellos lo adquirieron.
Por muchos años brindó protección a las mujeres, hombres niñas y niños de esa familia y lo hizo bien, incluso solían pedirlo prestado de otros grupos familiares, porque en realidad, el paragua había sido confeccionado de material firme y resistente.
LA NIÑA
En el otro extremo de la ciudad, en la parte Oriente, vivía a la intemperie, una niña desamparada, a quien le gustaba escribir poemas y vagar, pero como no tenía forma de refugiarse del agua y de la nieve, su vida le era muy difícil.
Entretanto había pasado el tiempo y en el lado Poniente de Ciudad Jardín el paragua de los Sharted continuaba sirviendo a su familia, hasta que empezó a caer en desuso y aparecieron nuevas formas de protegerse del mal clima, así es que poco a poco, nuestro paragua fue quedando abandonado. Un buen día, alguien determinó que ya no servía para nada y lo dejaron abandonado en un tacho de basura en una esquina cualquiera del barrio. “Que cruel es la vida” pensó el paragüita “mientras era joven, bello y fuerte todos me querían, ahora me abandonan en un basurero”. Allí pasó algunos días esperando al camión municipal que lo llevaría al vertedor público donde sería enterrado definitivamente junto a todos los desperdicios de la ciudad. Le dolían las varillas y sentía la piel de su tela arrugada y sucia. Ya estaba resignado a su suerte.
Esa mañana, la niña del Oriente quiso atravesar la Avenida Libertad. Caminó y caminó hasta cruzar el límite con el Poniente. Llevaba como siempre, poemas para regalar. Muy pronto llegó a la esquina en la que se hallaba el tacho con basura y cuál no sería su sorpresa cuando al mirar en él… descubre al paragüita abandonado. “¡qué hermoso paraguas!” dijo “¡qué varillas fuertes y que tela firme!” y sin pensarlo dos veces lo levantó del tacho en el preciso momento que llegaba el camión municipal para llevarse la basura.
El paragua desarticulado no podía creer lo que le estaba sucediendo. “¿de veras niña, tú crees que aún puedo servir para algo, así, viejo y desarticulado como estoy, con mi piel de tela arrugada y ya sin gracia?” “¡Qué dices paragua!” respondió sorprendida la niña “Quién te ha dicho tales cosas! Si me dejas te llevaré conmigo y verás que bien nos acompañaremos tu y yo”. “No creo poder” dijo el paragua que había perdido la fe en sí mismo.
La niña sacó de su bolso un papelito que había escrito esa mañana antes de partir de viaje, carraspeó y mirando a los transeúntes que por allí pasaban, lo leyó en voz alta:
No lo ha intentado
Nunca lo ha intentado
Entonces ¡¿cómo lo va a lograr?!
Si ni siquiera lo ha intentado
No se lo ha propuesto -yo creo-
No lo tiene en mente
Entonces, nunca lo va a lograr
Porque si lo hubiera intentado,
Aunque fuera mínimamente
Algo ¡algo se hubiera notado!
Pero como no lo ha intentado…
Pero ¡claro! Es que… no está en su voluntad conseguirlo, por eso…
No lo ha intentado.
¡Pst! ¡No se le mueve ni una varilla!
¿Para qué? Si así está bien
No le molesta
Entonces no tiene ninguna intención.
Nooo ¡No! No, no
No hay intención –yo creo-
Por eso es que no lo ha intentado
Y no es que yo no lo crea,
Es que si ha pasado tanto tiempo y no lo ha logrado es porque…
Es porque no lo ha intentado
No, no.
A mí no me cuenten cuentos:
Si no lo ha logrado
Es porque…
No lo ha intentado y es una lástima ¿eh?
¡Porque si hubiera hecho el mínimo esfuerzo!
Ya, algo hubiera logrado
Pero, como aún no lo ha intentado…
La gente se detuvo a escuchar y cada uno, en su fuero interno pensó qué era aquello que nunca había intentado y que sin embargo era su propio deseo. Al terminar de leer, la niña vio dispersarse al público que la premió con algunas monedas. Cada uno se fue reflexionando… Pero ¿el paragua?
El paragua sintió que también debía intentarlo, movió sus articulaciones y vio que sus varillas estaban aún fuertes y funcionaban perfectamente, sacudió su tela, apareció su piel renovada, firme. Emtonces, se sintió rejuvenecer y de un brinco se acurrucó en el hombro de la niña.

El paragüita que antes había sido abandonado, estaba ahora muy contento con la ternura de la niña del Oriente. Juntos viajaron por el mundo repartiendo poemas y fueron muy felices.
Cuento infantil, pero no tanto
de Maritza Barreto
EL PARAGUA
En un hermoso lugar llamado Ciudad Jardín, habitaba un anciano que fabricaba paraguas. Los hacía de formas y colores diferentes y no los entregaba al mundo sin antes darles una misión: “tú servirás de accesorio, tú cubrirás a un joven, tú adornaras un escaparate, tú…” ¡en fin! A cada uno lo uncía con un mandato, el que era recibido con orgullo por cada paragua. Quiso el fabricante que uno de sus paraguas fuese especial y así concibió a uno que resultó ser más grande y fuerte que los demás. Al terminar de hacerlo, el mismo fabricante se sorprendió de su obra y, como a todos, le otorgó su mandato, previo a entregarlo al mundo: “tú servirás a una gran familia”.
Hay que aclarar que la Ciudad Jardín está dividida de norte a sur por una arteria llamada Avenida Libertad, hacia un costado de ella se encuentra la parte Oriente, por donde nace el sol cada día; del otro lado, por donde el sol se esconde, se halla, lo que llaman el Poniente. Precisamente en este costado, vivía la familia Sharted, con la que nuestro paragua debería cumplir su misión, pues ellos lo adquirieron.
Por muchos años brindó protección a las mujeres, hombres niñas y niños de esa familia y lo hizo bien, incluso solían pedirlo prestado de otros grupos familiares, porque en realidad, el paragua había sido confeccionado de material firme y resistente.
LA NIÑA
En el otro extremo de la ciudad, en la parte Oriente, vivía a la intemperie, una niña desamparada, a quien le gustaba escribir poemas y vagar, pero como no tenía forma de refugiarse del agua y de la nieve, su vida le era muy difícil.
Entretanto había pasado el tiempo y en el lado Poniente de Ciudad Jardín el paragua de los Sharted continuaba sirviendo a su familia, hasta que empezó a caer en desuso y aparecieron nuevas formas de protegerse del mal clima, así es que poco a poco, nuestro paragua fue quedando abandonado. Un buen día, alguien determinó que ya no servía para nada y lo dejaron abandonado en un tacho de basura en una esquina cualquiera del barrio. “Que cruel es la vida” pensó el paragüita “mientras era joven, bello y fuerte todos me querían, ahora me abandonan en un basurero”. Allí pasó algunos días esperando al camión municipal que lo llevaría al vertedor público donde sería enterrado definitivamente junto a todos los desperdicios de la ciudad. Le dolían las varillas y sentía la piel de su tela arrugada y sucia. Ya estaba resignado a su suerte.
Esa mañana, la niña del Oriente quiso atravesar la Avenida Libertad. Caminó y caminó hasta cruzar el límite con el Poniente. Llevaba como siempre, poemas para regalar. Muy pronto llegó a la esquina en la que se hallaba el tacho con basura y cuál no sería su sorpresa cuando al mirar en él… descubre al paragüita abandonado. “¡qué hermoso paraguas!” dijo “¡qué varillas fuertes y que tela firme!” y sin pensarlo dos veces lo levantó del tacho en el preciso momento que llegaba el camión municipal para llevarse la basura.
El paragua desarticulado no podía creer lo que le estaba sucediendo. “¿de veras niña, tú crees que aún puedo servir para algo, así, viejo y desarticulado como estoy, con mi piel de tela arrugada y ya sin gracia?” “¡Qué dices paragua!” respondió sorprendida la niña “Quién te ha dicho tales cosas! Si me dejas te llevaré conmigo y verás que bien nos acompañaremos tu y yo”. “No creo poder” dijo el paragua que había perdido la fe en sí mismo.
La niña sacó de su bolso un papelito que había escrito esa mañana antes de partir de viaje, carraspeó y mirando a los transeúntes que por allí pasaban, lo leyó en voz alta:
No lo ha intentado
Nunca lo ha intentado
Entonces ¡¿cómo lo va a lograr?!
Si ni siquiera lo ha intentado
No se lo ha propuesto -yo creo-
No lo tiene en mente
Entonces, nunca lo va a lograr
Porque si lo hubiera intentado,
Aunque fuera mínimamente
Algo ¡algo se hubiera notado!
Pero como no lo ha intentado…
Pero ¡claro! Es que… no está en su voluntad conseguirlo, por eso…
No lo ha intentado.
¡Pst! ¡No se le mueve ni una varilla!
¿Para qué? Si así está bien
No le molesta
Entonces no tiene ninguna intención.
Nooo ¡No! No, no
No hay intención –yo creo-
Por eso es que no lo ha intentado
Y no es que yo no lo crea,
Es que si ha pasado tanto tiempo y no lo ha logrado es porque…
Es porque no lo ha intentado
No, no.
A mí no me cuenten cuentos:
Si no lo ha logrado
Es porque…
No lo ha intentado y es una lástima ¿eh?
¡Porque si hubiera hecho el mínimo esfuerzo!
Ya, algo hubiera logrado
Pero, como aún no lo ha intentado…
La gente se detuvo a escuchar y cada uno, en su fuero interno pensó qué era aquello que nunca había intentado y que sin embargo era su propio deseo. Al terminar de leer, la niña vio dispersarse al público que la premió con algunas monedas. Cada uno se fue reflexionando… Pero ¿el paragua?
El paragua sintió que también debía intentarlo, movió sus articulaciones y vio que sus varillas estaban aún fuertes y funcionaban perfectamente, sacudió su tela, apareció su piel renovada, firme. Emtonces, se sintió rejuvenecer y de un brinco se acurrucó en el hombro de la niña.

El paragüita que antes había sido abandonado, estaba ahora muy contento con la ternura de la niña del Oriente. Juntos viajaron por el mundo repartiendo poemas y fueron muy felices.
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